Nobel de Literatura para el rey de Twitter: historia de un discurso

La cortina del dormitorio había comenzado a agitarse de imprevisto. Metros de seda brocada luchaban por escapar de la barra, como si estuvieran poseídos. Como un tuitero sin su tablet. Chris estaba en el baño, curándose los cortes del afeitado, cuando sintió el viento, y se apresuró a cerrar la puerta corredera de la terraza. En la última media hora había salido al balcón de su suite un par de veces a fumar y la había dejado abierta, para que refrescase la estancia. Al cerrar la puerta, la tela roja se desplomó pesada, sin vida. El joven se sirvió otro gin-tonic del minibar y regresó al baño a terminar de arreglarse.

Mientras se mordisqueaba una uña, le vino a la cabeza una idea inesperada y cogió su iPad para apuntarla. Tenía ya escrito desde hacía tiempo el discurso que daría al recibir el Premio Nobel de Literatura, pero seguía dándole vueltas al tuit que publicaría al recibirlo. Tenía una versión que iba cambiando, borrando y retocando mil veces, para que hiciese honor a la intervención que había preparado. Sus palabras harían historia: iba a ser el primer influencer y escritor exclusivo de redes sociales en recibir el galardón.

“Por su sobresaliente contribución a la creación de un nuevo lenguaje, su inimitable capacidad para innovar nuevas fórmulas de comunicación digital, la sagacidad y la vitalidad de sus tuits, y su efecto motivador entre las nuevas generaciones”. Con esas palabras le habían hecho saber, hacía ya unos meses, que la reina Victoria de Suecia le haría entrega del mayor de los honores posibles en el ámbito de la cultura. Él se lo había ganado compartiendo su vida con los demás, día a día. Su vida era una sucesión interminable de textos breves, aunque ahora se le resistía el tuit perfecto, el definitivo. El que habría de marcar – no tenía duda – un récord de retuits hasta la fecha. Todo el mundo lo leería.

LA VISITA

Un tímido golpe sonó en la puerta. Se puso su camisa blanca por encima y se acercó a abrir. Un hombre de 35 años, con traje marrón, gafas de pasta gruesa y una imponente barba castaña le saludó sin sonreír.

_Perdone, Sr. Weidman, soy Joakim Hölmquist, de protocolo de la Academia Sueca. Hemos hablado antes por teléfono. No quería importunarle.

_No, tranquilo. ¿Qué pasa? ¿Ya es la hora?_ preguntó agitado. Su voz sonaba más aguda de lo normal.

_No se preocupe. Va usted bien de tiempo. Solo quería confirmar que estará listo en quince minutos. La sede de la ceremonia está cerca, pero todos los galardonados deben estar en su sitio antes de que llegue la Familia Real. Le informo de que ya hay muchos fans suyos agolpándose en la puerta de acceso.

_Sí, claro, sin problema. Estaba terminando de vestirme. Aún estoy haciéndome a la idea…

_Lo entiendo perfectamente. Es habitual. Sepa que le estaré esperando junto a la recepción.

“Anda, hijo, que parece que te has tragado un palo”, pensó. En su lugar, contestó con un guiño: “Gracias, no tardaré mucho”.

Cerró la puerta, programó la alarma en el móvil y salió de nuevo al balcón para fumar. Con dificultad, consiguió encender el cigarrillo, que se le escurrió de los dedos en un par de ocasiones. Sus manos temblaban levemente y su respiración se había acelerado tras la visita. Inhaló profundamente e intentó relajarse y disfrutar del aire frío. Contempló las cúpulas alargadas que salpicaban de verde oxidado el viejo Estocolmo. Las calles empedradas en torno al hotel desembocaban en el Norrbro, uno de los puentes más antiguos de la ciudad, bajo el que veía pasar botes ajados y descoloridos. Por un momento, deseó salir corriendo por esas calles, saltar a una de las barcazas y regresar a Miami.

EL PROBLEMA Y LA LLAMADA

Una nueva idea para su tuit interrumpió la calada y de nuevo se apresuró a anotarla. Se esforzó por encontrarle un hueco entre lo que tenía ya escrito, pero no le convencía. “Algo falla, está claro”, se dijo. El texto tenía fuerza, era incisivo, original. Reflejaba quién era y estaba escrito con sensibilidad. Pero le faltaba humor… Es verdad que era un acto muy importante y formal, pero él era un millenial ejemplar y no un viejo académico. Tenía que incorporar algo de alegría en ese texto. Aún le quedaba tiempo, debía darse prisa y rematarlo, antes de que terminase con sus uñas. “¿Y si publico un tuit en blanco? Eso sería una pasada. El tuit más leído, el tuit de un Premio Nobel de Literatura…sin palabras, vacío.” El pensamiento le divertía, pero dudaba de si sería demasiado revolucionario. O estúpido.

Mientras se debatía por encontrar una solución a su dilema, el timbre del iPhone le sobresaltó.

_Hola Mamá, qué tal.

_Cariño, ¿cómo estás? ¿Pudiste encontrar un smoking?

_Sí, ayer me llevaron a una tienda y compré uno. ¿No has visto el video que grabé? Lo colgué en YouTube anoche, antes de acostarme.

_No hijo, quizás más tarde. Lo que sí tenemos es la tele conectada ya a internet para verte.

_Genial. Oye, Mamá, tengo que dejarte, que voy fatal de tiempo y me están esperando.

_Dice tu padre que no bebas mucho, que vas a estar delante de la realeza. Y que no hagas ninguna tontería.

_Por favor, Mamá. Que tengo 22 años ya, que no soy un crío.

_Solo por si acaso, cariño. Ya sabes lo orgullosos que estamos de ti. Te quiero, hijo.

EL origen de un tuitero

Tras colgar, Chris se terminó de abrochar la camisa y se puso los pantalones del smoking. En uno de sus dedos, casi sin uña, un hilillo de sangre brilló durante un segundo. Cogió un poco de papel higiénico y se tapó la herida un instante, hasta que se secó. “¿Qué tal una foto con sangre en Instagram?”, se dijo.

Tenía millones de seguidores en las redes sociales y no podía defraudarles. Había comenzado de niño colgando imágenes de su vida diaria acompañadas de aforismos y metáforas, que la gente rápidamente apreció por bellas y feroces. “Una nueva voz en una sociedad que se repite”, había escrito el New York Times acerca de su cuenta de Twitter cuando alcanzó 15 millones de seguidores.

Desde entonces, sus pensamientos habían inspirado a personas de todo el planeta, aunque en esa enorme suite se encontraba solo. Era su momento y no quería compartirlo con ningún amigo. Ni siquiera con su familia o alguna de las pocas novias que le habían durado más de cuatro semanas. Sí que había recibido muchas felicitaciones por whatsapp, facetime, linkedin y skype, pero no era lo mismo. En realidad, tampoco sentía que los necesitase a su lado. Sonrió. Una cosa era cierta, conseguía muchos más “likes” en Facebook cuando aparecía en fotos con amigos.

LA SOLUCIÓN

Estaba intentando ajustarse la pajarita de clip cuando por fin lo sintió. “Ya está”, dijo en voz alta, eufórico. Se abalanzó sobre su iPad y empezó a escribir con ansia, seleccionando varias frases de su discurso y eliminando otras, alterando el orden para que todo encajase. Levantó la vista y lo releyó, ya satisfecho. “Joder, qué bueno”. Acababa de reducir al mínimo el discurso que tenía pensado dar para que su tuit encajase perfectamente. En realidad, ambos habían pasado a ser el mismo texto.

Se puso la chaqueta y se miró en el espejo, sin reconocerse. Su pelo repeinado y el smoking le daban un aire intimidatorio, casi gangsteril. Un largo y hondo suspiro le dejó vacío durante unos segundos, justo cuando la alarma comenzó a sonar. Comprobó que llevaba la invitación y su acreditación, y volvió a leer por última vez el discurso-tuit. Un indisimulado orgullo le invadió y su piel se estremeció de gozo. Supo que esas palabras serían recordadas en el futuro. Serían una nueva joya de la literatura universal. Un eterno “En un lugar de la Mancha…” o un “Llamadme Ismael”. El hecho de que sus padres se sintiesen por fin orgullosos de su trabajo le hacía, además, increíblemente feliz.

“Nunca se ha escrito nada tan extraordinario en 140 caracteres”, pensó, mientras apagaba la cámara de video, agarraba la tablet y cerraba la puerta tras de sí. Esperando el ascensor, su dedo comenzó a juguetear distraídamente sobre la pantalla, mientras surgía de su escondite un viejo conocido: “¿No sería increíble publicar justo ahora mi primer tuit en blanco?”

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